Publicado por Carlota Dopico – Business Development & Innovation Manager – 12/07/2025

Así, como lo lees, esto no es una metáfora ni una exageración. Es un hecho: más de la mitad de las células que habitan tu cuerpo no son humanas. Son bacterias, hongos, virus, arqueas.

Y si miras la información genética, la proporción es todavía más drástica: alrededor del 99 % de los genes presentes en nuestro cuerpo provienen de estos microorganismos —no de nuestro ADN nuclear—. En otras palabras, la mayor parte del material genético que portamos pertenece a otros seres vivos.

Somos holobiontes, comunidades vivientes formadas por miles de especies que conviven, evolucionan y dependen unas de otras para sobrevivir.

Mitad microbios mitad humanos

Cómo llegamos a entenderlo: una breve historia real

El primero en vislumbrar este mundo fue Antonie van Leeuwenhoek, en el siglo XVII, con un microscopio tan simple como poderoso. Cuando enfocó una gota de agua, vio lo que describió como “animalillos” invisibles. Y cuando miró su propia boca, descubrió un zoológico microscópico.

Aquella visión cambió para siempre la idea de lo que éramos: el cuerpo no estaba solo. Pero durante siglos, la medicina siguió otro camino.

A finales del siglo XIX, Robert Koch y sus postulados cimentaron la idea de que cada microbio era un enemigo potencial: si causaba enfermedad, había que aislarlo, matarlo, erradicarlo. Con los avances de Pasteur y la era de los antibióticos, la guerra contra los microbios se convirtió en paradigma. Nos salvó de epidemias mortales, pero nos hizo creer que la pureza era sinónimo de salud.

En el siglo XX, la idea de que todos los microbios eran enemigos se transformó: muchos resultaron ser aliados silenciosos, fundamentales para nuestra vida. Uno de los impulsores fue el científico Élie Metchnikoff, quien sugirió que ciertos microbios podían ser beneficiosos. Descubrió que la “flora” intestinal ayudaba a protegernos y propuso que alimentos fermentados podían prolongar la vida. Hoy sabemos que el término “flora” es inexacto —las bacterias no son plantas— por eso hablamos de microbiota o microbioma.

En cualquier caso, fueron ideas adelantadas a su tiempo, pero quedaron relegadas por la era de los antibióticos.

El giro: la decodificación del microbioma

No fue hasta principios del siglo XXI cuando todo cambió. En 2001, el premio Nobel Joshua Lederberg acuñó el término microbioma para describir no solo los microorganismos que nos habitan, sino también su genoma y su impacto en nuestra biología.

Con el Human Microbiome Project (2007) empezó una nueva cartografía: secuenciamos por primera vez el ADN de nuestros billones de compañeros invisibles. El resultado derrumbó mitos: sin microbios, no somos viables. Ellos digieren lo que solos no podemos, moldean nuestro sistema inmune, regulan procesos vitales y nos protegen de invasores.

Ser holobionte: un ecosistema interdependiente

Cada persona es un microcosmos compartido. Tu microbiota intestinal aloja hasta 1.000 especies distintas; solo en tu piel habitan billones de microorganismos que te protegen. Cada beso, cada viaje, cada contacto deja un rastro biológico.

Hoy sabemos que la pérdida de diversidad microbiana —la disbiosis— está detrás de alergias, enfermedades inflamatorias, problemas metabólicos y trastornos neurológicos. La paradoja: la misma civilización que erradicó epidemias infecciosas ha empobrecido el ecosistema que nos mantiene sanos.

Reconocernos como holobionte redefine cómo entendemos la salud, la enfermedad y la vida.

No somos unidades cerradas: somos sistemas abiertos, moldeados y protegidos por miles de especies invisibles. Cuidarlas es cuidar nuestra parte más esencial.

Mitad humanos, mitad microbios. Más de lo que jamás creímos que éramos.

Eso es lo que somos.